Por una TVN de los ciudadanos

9 08 2007

Tv De verdad. Me sorprende leer que la discusión sobre Televisión Nacional se dé por zanjada. Una vez más, la teoría del "empate" se ha impuesto. Se trata que el candidato sea del agrado del "grupito", más allá que tenga o no la cualidad para ocupar el cargo.

Mientras Aleuy era destrozado, otros proponían que fuesen los premios nacionales la cantera donde elegir a los miembros del directorio del ente público. Ya el premio como tal es cuestionable, no está ajeno a negociaciones y compensaciones, el lobby es real, y el mérito de los galardonados es, en ocasiones, inexistente. O se propondría, ya que tendrían un halo de sabiduría, a Héctor Olave y Arturo Fontaine, personajes que aún no dan cuenta sobre su participación en la operación Colombo, ni menos aún han pedido perdón a las familias de los 119 jóvenes muertos en la dictadura.

A propósito de la discusión sobre la composición del directorio de la Televisión Pública, era necesario colocar en la agenda pública algunas preguntas: ¿En la era de la digitalización, la ciudadanía tendrá otro tipo de televisión pública? Y de ser así ¿el Estado está en condiciones de asegurar un servicio público que resguarde los intereses colectivos de la sociedad? O más bien ¿estamos ante otro producto cultural que actuará sobre las reglas del mercado por tanto se tranzará en el apartado de los bienes simbólicos? ¿Es viable mantener la vieja pretensión de broadcasting de servicio público plural, independiente de intereses privados y partidistas, de calidad y disponible para todos los habitantes de la nación? ¿O derechamente su papel en un escenario de convergencia de las tecnologías es marginal?, ¿vale la pena seguir pensando y repensando el papel de la televisión pública en una sociedad democrática?, ¿será mejor que nos olvidemos? Estas y otras preguntas no son nuevas, pero sus respuestas surgen desde un nuevo escenario que implica abordar el sentido y la misión que deben cumplir los medios de comunicación de titularidad estatal en la sociedad postindustrial globalizada.

Hablar sobre la TV pública se ha convertido en un ejercicio nacional. Generalmente, esta discusión se define más  “por lo que no hace o deja de hacer, que por lo que hace”. De tanto en tanto es objeto de revisiones, proyecciones, correcciones, cuestionamientos, reformulaciones, siempre bajo sospechosas de impertinencia e irresponsabilidad, pero que se termina inmediatamente después que finaliza la negociación en un bar de avenida El Bosque. En su mayoría estas convocatorias al debate tienen que ver con el reclamo de algún grupo de la elite, que siente que sus intereses no son bien representados o por que consideran insuficiente su exposición en los medios de propiedad del Estado. ¿Espacio/Tiempo es el problema? El tema es que los ciudadanos de a pié siguen viendo la discusión desde la gradería, o acaso se ha visto que un grupo de cesantes protesten por la falta de cobertura o que un grupo de adultos mayores o de lisiados reclamen ante la autoridad competente por sus pocos minutos de presencia en los informativos. Vale la pena darle un vistazo a la discusión que ha dado el PSOE en el caso de RTVE

La TV pública ha logrado sortear la hipoteca histórica que representaba su pecado de haber sido el órgano de propaganda del Pinochetismo; sin una concesión de servicio público sino como proyecto de una TV gubernamental; por el arbitrio endémico de sus autoridades; por una programación e información en función del régimen y de la autoridad de turno y por un endeudamiento congruente con su manipulación. La discusión, más que buscar premios nacionales en la Patagonia o de aquellos que hablan del sujeto pueblo –luego de ir de compras al Alto-, debe legitimar la existencia de una TV pública reduciendo el margen de una discusión en torno a si debe existir o no y mantener en alto la inspiración del ideal de servicio público. La pregunta es ¿para qué y porqué mantener esta concepción de TV pública si en la práctica hace lo mismo que la TV privada?, si lo que ven los ciudadanos es idéntico a lo que pueden observar en las parrillas comerciales. Por tanto, la prioridad es en torno a la definición de objetivos, tanto generales, específicos como estratégicos; a la construcción del sentido de la misión del servicio público y proponer la creación de la autoridad del audiovisual chileno. Tarea no menor, sobretodo en un contexto de neoconservadurismo, economía de libre mercado, americanización o globalización del mundo y de las comunicaciones, lo que supone que el mercado está por delante del interés de las personas, lo que lleva a poner en tensión la relación entre servicio público, interés colectivo y financiamiento; reglamentación, desregulación; pluralismo, diversidad y concentración

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