¿Nuevas conexiones, las mismas exclusiones?

3 07 2006

Por Rodrigo Ramírez PinoDigital_divide_1

¿Hoy usan las nuevas tecnologías los que estructuralmente pueden hacerlo?, ¿el no uso de éstas implica la reproducción de las tradicionales desigualdades o produce una nueva línea de exclusión?, ¿en el campo tecnológico se están produciendo otro tipos de brechas?, ¿cuál será el precio por no usarlas?, ¿quiénes serán dejados fuera de la ecuación tecnológica, y que se perderán?

Hace unos días, el PNUD dio a conocer los resultados del informe sobre Desarrollo Humano en Chile 2006 "Las Tecnologías: ¿un salto al futuro?". Entre sus principales conclusiones señala que el “50% de la ciudadanía se siente excluida del mundo de las nuevas tecnologías, a pesar de la alta penetración de computadores y de Internet en el país”.

Cabe recordar que los usuarios de Internet en el mundo alcanzan los mil millones; en Latinoamérica cerca de 76 millones y en Chile la cifra asciende a 5,6 millones (35.7%).

Entre otros asuntos interesantes, el informe indica que la escuela "es el agente principal para la reducción de la brecha digital, pues representa la principal fuente de acceso gratuito a las tecnologías". Sabemos, que el lugar físico donde las personas se conectan también influye. En Sudamérica, el establecimiento educacional es el principal lugar de acceso, cerca del 70% en promedio; en España, en cambio, el 90,3% accede desde su casa. Al mismo tiempo, otro dato interesante de la investigación fue referida al manejo del mail por parte de los diputados. Un ciudadano de apellido “González” remitió un mensaje electrónico a los 120 diputados, días previos a la elección parlamentaria. Sólo contestaron 21 en un promedio de 5 días. El mismo ejercicio lo realizó un ciudadano de apellido “Errázuriz”, a él le respondieron 31diputados en un promedio de tres días. Eso sí las respuestas a este último fueron “más extensas, directas y ofrecían incluso la posibilidad de reunirse en persona, llegando a enviarle su número de celular”.”Las consideraciones de clase, siguen jugando un papel relevante”.

Finalmente, añade el informe que “las nuevas tecnologías de la información y la comunicación no producirán, por sí solas, un salto cualitativo hacia el desarrollo humano, si no se crean las condiciones que permitan ponerlas al servicio de la sociedad y las personas".  Más de la mitad sienten temor. Por un lado, creen que las tecnologías de la información ayudarán al país a dar un salto al desarrollo, pero  piensan – a la vez- que crearán brechas de nuevo tipo. ¿Quiénes se sienten fuera? Los excluidos de siempre. “En su mayoría mujeres, jubilados y personas pertenecientes al grupo socioeconómico bajo, de menor nivel educacional, quienes no le ven utilidad para sus vidas cotidianas”.

El uso de la tecnología depende de la utilidad que presenta para la práctica social de la gente en su propio contexto. Las personas adaptan la tecnología, e Internet en particular, a las necesidades y proyectos de sus vidas, en lugar de adaptar su vida a la tecnología. El agente de cambio no es la tecnología en sí misma, sino los usos y la construcción de sentido alrededor de ella.

El propio informe indica que los que se sienten excluidos son por género, edad e ingresos. A los que hay que sumarles los indígenas, los negros, los inmigrantes, los geográficamente aislados, los cesantes.  Es decir, los que ya son marginados tendrán menos oportunidades. Además que no sólo existe una brecha material, sino además, es necesario distinguir que existen otros tipos de brechas, la mental, aquella referida a la falta de experiencia digital elemental; otra de habilidades, la que no se reduce al simple manejo de hardware y software, sino que es la capacidad de buscar, seleccionar, procesar, aplicar la información en una superabundancia de fuentes; y otra brecha de Uso, que es la carencia de oportunidades de uso.

De ahí que, primero que todo, sea oportuno superar la noción simplista de brecha digital. No se trata de un problema dicotómico, es ficticia la división binaria, pues el concepto conlleva algo más que sólo la división entre quienes acceden y quienes no, o entre quienes la usan o no. La brecha digital es más que digital. Existen factores de contexto que reflejan un fenómeno social complejo, tales como desigualdades sociales, económicas, políticas y culturales. El determinismo de la brecha digital ignora a largo plazo la relación compleja entre acceso y uso de las nuevas tecnologías. Es más, el propio uso no conlleva necesariamente un uso significativo de las nuevas tecnologías. Los ciudadanos cuando adquieren un nivel de compromiso con las nuevas tecnologías lo hacen alrededor de una mezcla compleja de lo social, psicológico, económico y, sobre todo, por razones pragmáticas. El compromiso con las nuevas tecnologías está, por consiguiente, involucrado –en un primer momento- con los problemas de acceso y propiedad; pero, fundamentalmente, sobre cómo las personas desarrollan las relaciones con las nuevas tecnologías.

Quizás sea necesario sincerar la promesa de la inclusión a la sociedad informacional, y con ello la política pública y los Programas respectivos, y limitarlos al aumento de la presencia física de computadores y conectividad, obviando la presencia de otros factores que les permiten a las personas usar las nuevas tecnologías para fines significantes.

O bien, mantener la promesa de que a través de las nuevas tecnologías se mejorarán las condiciones de vida de las personas, lo que implica interpretar el asunto desde una óptica que supere la simple referencia a la brecha digital, ya que este argumento tiende a connotar soluciones digitales, es decir, las computadoras y telecomunicaciones, sin comprometer importantes recursos complementarios y ejecutar intervenciones complejas para apoyar la inclusión social.   

Desde un punto de vista de la política, la meta de usar las nuevas tecnologías con los grupos marginados no es por superar la brecha digital, sino de incorporar una variable complementaria que coopere en el proceso de inclusión social. De ahí que se deba enfocar el asunto desde una Matriz Sociocultural de Inclusión Digital, donde el acento esté en el Sujeto/Transformación, no en la tecnología, por tanto en la necesidad de incorporar esta dimensión con un método de intervención dentro de la política social. Con todo, la noción de brecha digital ha tenido el mérito de poner en el centro el problema de las desigualdades. Pero, la obligación progresista es mover el debate hacia delante. Reconocer que los problemas cruciales de  la brecha simplemente no son tecnológicos- son sociales, económicos,  culturales y políticos-. Lo que implica abordar las desigualdades tecnológicas desde las oportunidades, captación, compromiso y resultados.

Incorporar esta dimensión digital y garantizar ciertas condiciones mínimas es un imperativo. No se puede seguir hablando de la brecha digital y la inclusión social en un terreno que no es el adecuado. La inclusión social refiere a que los individuos, familias, y comunidades puedan participar totalmente en la sociedad y controlar sus propios destinos, siempre y cuando tengan ciertas condiciones mínimas para hacerlo, que les permitan  controlar una variedad de factores relacionados con los recursos económicos, empleo, salud, educación, vivienda, recreación, cultura, participación y también lo digital. Los procesos de apropiación, de las experiencias de la vida diaria y de la incorporación de los diversos significados son parte “de la construcción de la inclusión en la negociación con varios factores sociales y contextos diarios”. Agregar esta dimensión es asumir el asunto de manera seria, implica construir un marco conceptual que ayude a entender y delimitar mejor la realidad social en la cual la agenda digital  puede intervenir. ¿Qué aspectos es necesario intervenir?, ¿con quiénes es prioritario trabajar?, ¿Cuáles serán las variables que nos permitan medir cuando alguien está integrado en materia tecnológica?.

De no hacerlo, los que se sentirán excluidos serán los de siempre, y con razón. Articular una política en esta dirección significa comunicar las diferencias (etnias, género, geografías) corregir las desigualdades (surgidas de esas diferencias y de distribuciones inequitativas de recursos) y conectar a las sociedad con la información.

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